Antonio José de Sucre


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Nacimiento y Muerte

Antonio José de Sucre. Nace en Cumaná, el 3 de febrero de 1785. Militar y político venezolano. Se plegó a la causa emancipadora, como Abanderado de Ingenieros, participó en la campaña de Miranda (1812) contra los Realistas, durante la cual ascendió a Teniente.
El 4 de Junio de 1830 El general en Jefe, Gran Mariscal de Ayacucho Antonio Jose de Sucre, es asesinado a traición en la montaña de Berruecos al sur de Colombia, poco después de las ocho de la mañana. José María Obando fue señalado como autor intelectual y Apolinar Morillo como ejecutor del crimen.

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Los primeros años
La familia Sucre, aristócrata, tiene su orígenes en Bélgica y su asentamiento en Venezuela fue por Carlos de Sucre Garrido y Pardo, un noble flamenco, hijo de Charles Adrián de Sucre, Marques de Preux, (Flandes) y Buenaventura Carolina Isabel Garrido y Pardo, originaria de España. Carlos de Sucre Garrido y Pardo, sirvió como soldado en Cataluña en 1698, llegando ser administrador colonial español como gobernador de Cartagena de Indias y Capitán General de Cuba. El 22 de diciembre de 1779, los Sucres arriban a Venezuela. Siendo Sucre Garrido y Pardo designado Gobernador Nueva Andalucía, antigua provincia venezolana donde es el núcleo de la historia de los Sucres en Venezuela.
Antonio José de Sucre nace en el seno de una familia de gran riqueza y distinción dentro de la sociedad, de ascendencia franco-belga por vía paterna y española por vía materna, hijo de un coronel de los Ejércitos Reales. A los quince años se alistó en el ejército patriota y participó en la campaña del Generalísimo Francisco de Miranda en 1812 contra los realistas, durante la cual ascendió a teniente. Tras el fracaso de este primer intento libertador se refugió en la isla de Trinidad. Luego, en 1813, regresó a Venezuela.

Casado con la dama quiteña Mariana Carcelén y Larrea, Marquesa de Solanda, con quien tuvo una hija: Teresa Sucre y Carcelén.

Vida y Formación Académica

Este cumanés hombre que ya a los trece años tomó la carrera militar no fue un improvisado en la historia de la tierra de fuego. El héroe nacional con proyección latinoamericana venía de una familia de militares, incluido su padre Vicente Sucre; quien llegó a ser Comandante Supremo de las Fuerzas Patriotas de la Provincia de Cumaná. Entre militares y pérdida de más de una docena de familiares como su madre, quien muere siendo él un mozalbete y sus tres hermanos, fusilados por las armas realistas; hasta la muerte natural de su niña Teresita, producto de su enlace con la Marquesa Solana allá en el Ecuador. Sin vida privada, siempre en la guerra, la política y la gestión pública del estado; este hombre simboliza junto a Simón Bolívar, Andrés Bello y Francisco de Miranda, el gran proyecto americano todavía en espera de concretarse: La independencia subcontinental

Recibió su primera educación en la capital de Caracas. En el año de 1802, principió sus estudios en Matemática para seguir la carrera de ingeniero. Empezada la revolución se dedicó a esta arma y mostró desde los primeros días una aplicación y una inteligencia que lo hicieron sobresalir entre sus compañeros. Muy pronto empezó la guerra, desde luego el General Sucre salió a campaña. Sirvió a las órdenes del General Miranda con distinción en los años 11 y 12. Cuando los Generales Mariño, Piar, Bermúdez y Valdez emprendieron la reconquista de su patria, en el año de 13, por la parte oriental, el joven Sucre les acompañó a una empresa la más atrevida y temeraria. Apenas un puñado de valientes, que no pasaban de ciento, intentaron y lograron la libertad de tres provincias. Sucre siempre se distinguía por su infatigable actividad, por su inteligencia y por su valor. En los célebre campos de Maturín y Cumaná se encontraba de ordinario al lado de los más audaces, rompiendo las filas enemigas, destrozando ejércitos contrarios con tres o cuatro compañías de voluntarios que componían todas nuestras fuerzas. La Grecia no ofrece prodigios mayores.

Quinientos paisanos armados, mandados por el intrépido Piar, destrozaron ocho mil españoles en tres combates en campo raso. El General Sucre era uno de los que se distinguían en medio de estos héroes. El General Sucre sirvió al Estado Mayor General del Ejército de Oriente desde el año de 1814 hasta el de 1817, siempre con aquel celo, talento y conocimientos que los han distinguido tanto. El era el alma del ejército en que servía. Él metodizaba todo; él lo dirigía todo, más, con esa modestia, con esa gracia, con que hermosea cuanto ejecuta. En medio de las combustiones que necesariamente nacen de la guerra y de la revolución, el General Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de consejo, de guía, sin perder nunca de vista la buena causa y el buen camino. El era el azote del desorden y, sin embargo, el amigo de todos.
Su adhesión al Libertador y al Gobierno lo ponían a menudo en posiciones difíciles, cuando los partidos domésticos encendían los espíritus. El General Sucre quedaba en la tempestad semejante a una roca, combatida por las olas, clavando los ojos en la patria, en la justicia y sin perder, no obstante, el aprecio y el amor de los que combatía.


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Enviado a las Antillas con la misión de obtener armas, a su regreso en el ejercito de Mariño, quien combatía en el Oriente venezolano; más tarde pasó al estado mayor de Bolívar y fue designado integrante de la comisión que firmó el armisticio y la regulación de la guerra de Santa Ana de Trujillo (1820) con el General Realista Pablo Morillo. Al año siguiente, marchó al frente de un ejército en apoyo de la sublevación de Guayaquil, que tuvo su culminación en Pichincha, batalla librada en 1822. Con esta victoria de Sucre se consolidó la independencia de la Gran Colombia, se consumó la de Ecuador y quedó el camino expedito para la liberación de Perú, tras la renuncia de San Martín. Sucre entró en Lima en 1823, precediendo a Bolívar.

Participó con él en la batalla de Junín y, el 9 de diciembre de 1824, venció al Virrey La Serna en Ayacucho. El Parlamento peruano lo nombró Gran Mariscal y General en Jefe de los ejércitos. Al frente de éstos marchó al Alto Perú, donde proclamó la República de Bolivia en homenaje al Libertador, a quien encargó la redacción de su Constitución. La Asamblea local lo nombró Presidente vitalicio, pero dimitió en 1828 a raíz de los motines y la presión de los peruanos opuestos a la independencia boliviana. Se retiró a Ecuador acompañado de su hija y de su esposa. Después ayudó a Colombia, invadida por el peruano José de la Mar, a quien derrotó en Portete de Tarqui.
Tras la firma del tratado de Piura, marchó a Bogotá como delegado de Ecuador. Formó parte de la comisión encargada de negociar con el General Páez, alzado en armas por la independencia de Venezuela. Se dirigía a Ecuador para evitarla, cuando en la Sierra de Berruecos es víctima de una emboscada, al parecer ordenada por José María Obando, jefe militar de la provincia de Pasto. Durante veinticuatro horas permaneció insepulto su cadáver, hasta que una comisión de La Venta le dio sepultura en la misma selva, en el punto llamado La Capilla. Hoy sus restos están sagradamente vigilados por los ecuatorianos en la Catedral de Quito. La capital oficial de Bolivia lleva su nombre.

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Su Legado

La Batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años, y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado. Ayacucho es la desesperación de nuestros enemigos. Ayacucho semejante a Waterloo, que decidió del destino de Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla, y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza.


Para mucho de los venezolanos Antonio José de Sucre fue un paradigma en el estricto cumplimiento de su deber, en su vida su carácter era muy fuerte y duro en su toma de decisiones, se puede destacar que sus padres, sus 2 abuelos, 4 bisabuelos y los más de sus tatarabuelos fueron militares





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La vida de Sucre fue un luchar continuo. Combatía contra las fallas humanas, contra los elementos, contra las distancias. Su preocupación por los servicios, por la eficiencia administrativa, llenó muchas de sus horas. Fue indoblegable en su actitud vigilante por la probidad. Castigaba sin vacilar, con rigor extremo, crímenes, vicios y corruptelas, pero fue considerado con enemigos y adversarios vencidos. Sobre todo resaltan en Sucre sus conceptos del patriotismo americano, del honor, de la gratitud y la lealtad. En la última carta de Sucre a Simón Bolívar, escrita en Bogotá el 8 de mayo de 1830, consta "...el dolor de la más penosa despedida...", y así de su propia mano escribe: "No son palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a Ud// Ud. los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que no es su poder, sino su amistad la que me ha inspirado el más tierno afecto a su persona. Lo conservaré, cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que Ud. me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós, mi general, reciba Ud. por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de Ud. Sea Ud. feliz en todas partes y en todas partes cuente con los servicios y con la gratitud de su más fiel y apasionado amigo"

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El General Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco-Capac y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada.


La vida de Sucre, al igual que su muerte, forman parte de un proceso político, el de la historia de la lucha por el poder en tiempos de la independencia. Valorar entonces estos hechos con la mirada puesta en lo que fue realmente la dinámica de la contienda emancipadora, ubicar a sus protagonistas desde la perspectiva de lo que constituyó efectivamente el combate que libraron y los móviles que los animaron y movilizaron representa no sólo un ejercicio de revisión historiográfica, sino también la posibilidad de comprender con mayor certidumbre sus implicaciones, alcances y contradicciones. Solamente de esta manera podrán superarse las visiones que pretenden ofrecer anacrónicas respuestas para las exigencias del presente sobre la sombra y las cenizas de la independencia y sus conspicuos próceres acartonados, lo cual no es sino una manera de encubrir su incapacidad para construir las demandas y respuestas que exige el porvenir.


El héroe de Ayacucho, la víctima de Berruecos, el «Abel de Colombia» o, más propiamente Antonio José de Sucre, fue un individuo que vivió su circunstancia política y se empeñó en actuar y generar las respuestas que demandaba su particular y dinámica realidad. Su inmenso valor histórico consiste precisamente en ello. Quizá este sea el legado que vale la pena rescatar cuando ya han transcurrido más de doscientos años de su nacimiento.












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